15 de octubre de 2026

Panamá, un territorio conocido por su biodiversidad, sus montañas y su posición estratégica entre dos continentes, también es escenario de una dinámica geológica que permanece activa bajo nuestros pies.

El pasado 9 de octubre de 2026, un terremoto sacudió la península de Azuero y dejó daños considerables en viviendas, escuelas, hospitales y otras infraestructuras. Aunque no se reportaron víctimas mortales, el evento volvió a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿qué ocurre debajo de la superficie terrestre cuando tiembla Panamá?

Para comprenderlo, debemos mirar hacia el interior de la Tierra.

Panamá se encuentra sobre un bloque tectónico conocido como la microplaca de Panamá, rodeado por grandes estructuras geológicas, entre ellas las placas del Caribe, Cocos y Nazca, además del bloque continental del norte de los Andes.

Estas estructuras se encuentran en constante movimiento. Aunque avanzan apenas unos milímetros por año, sus interacciones generan fuerzas que deforman las rocas y acumulan tensión a lo largo de las fallas geológicas.

Cuando esa tensión supera la resistencia de las rocas, los bloques se desplazan repentinamente y liberan energía en forma de ondas sísmicas. Es entonces cuando sentimos un terremoto.

De acuerdo con el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, la ruptura asociada al terremoto de Azuero alcanzó una longitud estimada de 73.6 kilómetros, con una superficie aproximada de mil 422 kilómetros cuadrados.

Estas cifras se obtienen mediante modelos científicos y relaciones matemáticas; no significan que exista una grieta visible de esa longitud sobre el terreno.

El geólogo Néstor Luque explicó que el sistema de fallas Azuero-Soná liberó una cantidad importante de energía acumulada durante décadas. Sin embargo, esto no significa que la región esté libre de nuevos terremotos, pues la actividad sísmica no puede predecirse con exactitud.

Después del movimiento principal, cientos de réplicas continuaron registrándose mientras las rocas y las fallas se reajustaban. Estos movimientos pueden prolongarse durante días o incluso semanas, con variaciones en su frecuencia e intensidad.

Pero el riesgo sísmico no se limita al interior del país.

En los alrededores de la ciudad de Panamá existen fallas geológicas capaces de generar terremotos importantes. Entre ellas se encuentra la falla de Pedro Miguel, ubicada cerca del Canal de Panamá.

Los especialistas advierten que un sismo fuerte en esta zona podría afectar especialmente a edificaciones antiguas, construidas antes de la implementación de normas modernas de diseño sismorresistente.

Por eso, las evaluaciones de escuelas, hospitales, puentes y otras instalaciones estratégicas son fundamentales para identificar vulnerabilidades y reducir los riesgos.

El terremoto de Azuero deja una lección importante: Panamá no está exento de los grandes fenómenos naturales que transforman nuestro entorno.

Aunque no podemos impedir que las fallas se muevan, la ciencia permite estudiar su comportamiento, identificar las zonas vulnerables y mejorar la preparación de la población.

Porque comprender lo que ocurre bajo nuestros pies no solo ayuda a explicar por qué tiembla la tierra. También puede marcar la diferencia entre un fenómeno natural y una tragedia.

Panamá está en constante movimiento. Conocer su geología es el primer paso para estar mejor preparados.

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